Dedicado a Rocio Acosta
Mientras caminaba, Ezequiel recordaba la curiosa sonrisa de la muchacha que vio la noche anterior. El recuerdo de tal sonrisa le nublaba la mente y no le dejaba hacerse preguntas tales como “¿Para qué me daría ella este papel?” o “¿A dónde se supone que me lleva esta dirección?” o al menos “¿Debería yo confiar en esta chica?”. No, lo único que se le pasaba por la mente era su sonrisa y las incontrolables ganas que tenía de volverla a ver. El mensaje, se decía Ezequiel, era muy claro: Si iba al lugar que indicaba la dirección escrita en el papel que ella le había dado, allí la encontraría.
El lugar al que llevaba la dirección era una casa. Cuando Ezequiel llegó, vio que tenía la puerta abierta. Desde afuera, él veía un pasillo con paredes blancas. Sin dejar de caminar, él entró, nadie lo detuvo y con nadie se cruzó, cosa que al chico no pareció extrañarle. El pasillo era bastante luminoso, después de unos metros giraba a la izquierda, y al fondo había una puerta también blanca.
El blanco de las paredes, parecía hacer que las acciones de Ezequiel fuesen más mecánicas y menos conscientes, de modo que apenas se dio cuenta de que había entrado a una habitación mucho más espaciosa y con el techo mucho más elevado que el del pasillo que acababa de abandonar. El piso, el techo y las paredes eran tan blancos que al principio lo enceguecieron.
Lo primero que él notó, era que aquella muchacha no estaba en esa habitación, cosa que le bajó mucho el ánimo y lo arrastró por un segundo a la realidad. No obstante, justo en el momento en el que Ezequiel pensó en salir de allí, notó que el color blanco no era lo único que había en aquella habitación.
Al final de la habitación había una pintura que tenía un estilo que el chico nunca había visto. Al fijarse mejor, él creyó ver a la muchacha por la que había llegado hasta allá, retratada en ese cuadro. Su aspecto en la pintura, era aún más seductor que el que tenía en persona, puesto que había en ella una belleza que Ezequiel hubiese descrito como mágica. La misma sonrisa que lo había obsesionado, ahora lo hechizaba y no le permitía apartar sus ojos de ella, no le permitía parpadear siquiera.
Nadie puede decir cuánto tiempo permaneció el muchacho inmóvil, sin parpadear y sin respirar, él mismo tampoco hubiese podido. Y enorme fue su miedo cuando fue consciente de haber pasado tanto tiempo así. Sin embargo, el muchacho tenía que hacer grandes esfuerzos para poder parpadear y respirar, y si algo lo distraía de esas cosas, simplemente lo dejaba de hacer. El problema es que ese algo existía, el cuadro al final de la habitación no hacía más que llamar la atención de Ezequiel.
Poco a poco, él se iba dejando llevar por el encanto de aquella muchacha. Poco a poco, el temor por su vida iba desapareciendo. Poco a poco, su familia, sus amigos y todos los que conocían a Ezequiel, se iban olvidando de su nombre, de su aspecto y de su existencia. Poco a poco, el color blanco de aquella habitación consumía la imagen de un muchacho de diecinueve años, que había perdido su nombre.
En una galería que había en esa misma ciudad, una muchacha de veintiún años se paseaba cogida de la mano de su novio. Hasta hacía muy poco, ella estaba pensando en la cena que le prepararía a su hermano menor, pero en aquel momento, toda la atención de la muchacha se centraba en una pintura, que ella no había notado antes. En esta pintura, de un estilo absolutamente novedoso, se retrataban las figuras de un chico y una chica, ambos con facciones hermosísimas. La chica que estaba mirando el cuadro, se sintió extrañamente familiarizada con el muchacho retratado en la pintura, como si esa fuese la apariencia que tendría su propio hermano, de haber recordado haberlo tenido alguna vez en su vida.