martes, 5 de abril de 2011

Fuera de la Ciudad

¿Quién ha estado alguna vez sobre una gran piedra, sintiendo el viento que llega suavemente? Apuesto a que, como yo, quien lo haya estado, habrá sentido una enorme paz interior, una sonrisa que no se borra, los problemas se borran durante un mágico segundo.

El martes pasado fui con mis compañeros de undécimo grado y con un par de profesores al cerro de Juaica, ubicado cerca al municipio de Tabio, en Cundinamarca. Sin duda fue una experiencia divertida, muy agradable nuestra salida. Mas no dejaron de haber ciertos detalles que lograban llevarle la contraria a aquel que dijera que fue perfecto.

He aquí mi relato. Muy emocionados por salir, mis compañeros y yo nos encontrábamos. Y como si fuera novedoso, la espera fue larga. Finalmente, al momento de subirnos al bus que nos llevaría a nuestro destino, fuimos interceptados por nuestra coordinadora de actividades. Ella quería llamarnos la atención por algo que ya sabíamos pero que se salía de nuestras manos: unos cuantos de los que se supone que irían, habían decidido no asistir al colegio, u olvidar la autorización firmada.

El problema de esto fue que, primero, la salida era de carácter pedagógico, lo que provocaba que fuese obligatoria (o tan recomendable como el acto de entrar a clase). Segundo, debido a que le salida era por fuera del perímetro urbano, se exigía una suma de dinero a cada estudiante para pagar el transporte. Eso quiere decir que cada individuo que se ausente afectaba negativamente el pago del transporte, lo que causaría un problema para el colegio.

De todas formas, todos esos asuntos quedaron pendientes de tratar pero con aquellos que se ausentaron. Ya lo que seguía era una corto viaje y la espectativa de una buena experiencia. Pasados ciertos detalles en el transporte, de los que me perdí por estar durmiendo, llegamos a nuestro destino. La panorámica era una montaña de esas que tanto solemos subir.

Los que pagaban alimentación, entre los cuales yo no me cuento, recogieron sus onces (refrigerio, merienda, en fin) y triste almuerzo. Los demás teníamos que llevar lo nuestro. Y no siendo más, la travesía comenzó.

El primer trecho era una subida por un camino de piedra bastante empinado. Por suerte para algunos (a mí me dio igual) el tracho era más bien corto. Nuestra primera parada fue en una gran piedra. Esa piedra de la que hablaba hace unos cuantos párrafos.

Ahí comenzó la parte ritual de la salida. Con una hoja de tabaco, le demostrábamos a la montaña que le dábamos nuestra gratitud por darnos tanto (espero que se sepa el qué tanto), le dábamos todo lo que le quisiéramos dar, porque las montañas que fueron de los muiscas sabían que el tabaco significaba "dar".

Y comenzó lo que para muchos fue la parte dura. He de aclarar que el lugar al que llegamos era una especie de valle, desde donde se veía nuestro real destino: la peña de Juaica.

A alguno de nuestros brillantes profesores se le ocurrió que se podía subir por un sendero que él nunca había transitado. Por suerte, el sendero terminaba donde perderse aún no era posible. Eso hizo que fuéramos por el un poco más seguro sendero conocido.

El recorrido siguiente fue bastante más largo y con una pendiente un poco más constante. Aquellos que se quejaron supieron al llegar que, como siempre había valido la pena el gran esfuerzo. Y es que a pesar de todos los típicos problemitas que pudiesen haber, llegar a la cima es gratificante, lo es.



Se iba sintiendo la hambrecilla de la una de la tarde. Ya llegaba el momento de disfrutar de mi delicioso sandwich preparado en casa, o tal vez no. Antes de que el primero de nosotros pudiese probar bocado nos recomendaron que no lo hiciéramos. La razón era que íbamos a meditar, y al parecer una barriga llena dificultaría el éxito de la meditación.

Pasó un rato de hambre, que por suerte no era descontrolada, mientras nos dispusimos a meditar. Acepto que la experiencia valió el hambre. Logré conectarme con el entorno, mis cinco sentidos, y todas las partes de mi cuerpo, hicieron parte de la montaña, y esa es una muy buena sensación.

También llegó nuestro momento de recibir algo que quisiéramos de la montaña, la hoja de coca nos lo dio, pues la montaña sabe que la hoja de coca significa "recibir"

Y para cerrar con una gran sonrisa, después de terminada la actividad, finalmente me comí mi sandwich. ¡Y qué sandwich!

Muchos notaron en su momento que el tiempo de regresar llegaba. Uno a uno fueron bajando, impulsados por la bajada que fue más grata que la subida, y por cierta amenaza de lluvia, que por cierto, no se cumplió.

No obstante, el impulso que a muchos hizo apurar no sirvió de tanto. Sucedió que tuvimos una larguísima espera para poder salir para el colegio, causada por un grupo que se atrasó y que se demoró mucho en bajar (no voy a entrar en más detalles, pero expreso que no me siento capaz de culpar a nadie).

Hubo un gran problema con esto y fue que la excursión estaba programada para que la llegada al colegio fuera antes que las rutas salieran. Debido a nuestra gran demora 19 rutas de todo el colegio terminaron saliendo una hora y quince minutos tarde. Imagino que en el colegio, los estudiantes de los demás cursos nos estaban cosechando cierto rencor. En su momento me sentí apenado, y a la vez afortunado porque prefería mil y una veces mi posición que la del resto.

Para cerrar mi relato, me gustaría anotar que nunca las cosas van a salir como el ideal. Sin embargo, mientras se disfrute el momento, los problemas pierden importancia.

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